Persiguiendo sigilosamente a la muchacha de la perla

La primera vez que escudriñé una obra de Johannes Vermeer quedé atrapado para siempre. Son sus obras especies extrañas en el mundo de la pintura Flamenca, de su Edad de Oro, en el universo de la pintura mundial. Quizá su exquisitez en nuestra apreciación esté acrecentad por su carácter de obra escasa.

Atendiendo la llamada de Vermeer viajé a Cambridge para ver tres de sus obras en el Museo Fitzwilliam Estaban recogidas en una exposición que levaba por título “Las mujeres de Vermeer; secretos y silencio”. La joya innegable de la exposición era “La Hilandera”, que abandonó su cobijo en el museo del Louvre después de duras negociaciones que comprendían a su vez el préstamo del Museo Fitwillian de la obra de Tiziano “Turquino y Lucrecia”. Intercambio de joyas. Salimos ganando todos. Los viajes de las obras de arte, su cesión para exposiciones temporales le da a la pintura carácter dinámico, universal, estableciendo que no somos solo nosotros quienes nos desplazamos; también las obras maestras viajan para que puedan ser observadas en distintos escenarios.

Viajar para ver un cuadro es una de las más excitantes motivaciones. Salí temprano de Londres en un viernes que evitaba todavía los atascos y aglomeraciones de los fines de semana. Pero la expectación por los tres cuadros del pintor holandés provocó una avalancha de visitantes al museo. Paciencia en cola rigurosa para disfrutar delante de cada uno de los cuadros en formato reducido, en el que están pintados la mayoría de los 33 cuadros atribuidos con fundamento al maestro del barroco moderno holandés.

Tiene Johannes Vermeer componentes de misterio en su obra y en su vida, de la que apenas se tienen otros datos que los que facilitan sus documentos oficiales: cedulas de bautismo y matrimonio y algunos otros elementos de las huellas burocráticas que dejó en su vida. El resto son un conjunto de enigmas y suposiciones y solo se puede certificar la excelencia meticulosa de sus trazos.

Quince hijos no debieron ser fáciles de alimentar a pesar de que su esposa, Catherina Bolnes, pertenecía a una acomodada familia católica. Matrimonio complejo entre un protestante y una católica en los Países Bajos incendiados por las guerras de religión. Una producción que la mayor parte de su vida no pasó de dos cuadros al año, se supone que por encargo de algunos de sus mecenas.

El preciosismo de Vermeer va mucho más allá del brillo de su pintura y de los pigmentos costosos que utilizó en toda su obra. Pintura extrañamente luminosa con luces y sombras fascinantes; también fue un maestro de la luz y de la geométrica distribución moderna de los espacios. Detalles minuciosos sin agobios a pesar de la influencia barroca de su época. Creo que él no sabía que era “minimalista”.

Y siempre, casi siempre, mujeres. A mi se me antojó que la inteligencia de sus composiciones le pudieran dar un carácter prefeminista: son las mujeres de Vermeer seres autónomos, independientes, sin ataduras aparentes. Son personajes extrañamente modernos, como si hubieran podido escaparse a los cepos de la época

Y siempre, casi siempre, mujeres. A mi se me antojó que la inteligencia de sus composiciones le pudieran dar un carácter  prefeminista: son las mujeres de Vermeer seres autónomos, independientes, sin ataduras aparentes. Son personajes extrañamente modernos, como si hubieran podido escaparse a los cepos de la época.

Haré una confesión íntima: creo que estoy enamorado de la “La joven de la perla”: la mirada ingenuamente seductora e inteligente, el brillo que da contraste a los tonos de la pintura, la serenidad que transmite esta joven de aspecto irreductiblemente moderno me tiene sofocado.

Siempre he pensado que la modelo que reprodujo Vermeer está cruzando alguna calle ahora mismo. Cuando me acerco a cualquiera de los museos que puedo visitar, inspecciono detenidamente por si la veo detenida ante alguna obra. Me consta que es coleccionista. Desde luego, la pintura –que a ella misma le ha creado- es el epicentro de su vida.

Algo dentro de mi me dice que esa joven –apostaría que se llama Elizabeth- es la hija más rebelde e independiente del pintor, que sigue estudiando la obra de su padre, recorriendo los museos del mundo que dan cobijo a sus obras. Incluso he pensado que ella tiene alguna más escondida, de las que se tienen noticias por huellas documentales, pero que nunca han sido localizadas.

Ahora sabemos que hay atribuciones falsas de algunas obras que han pretendido ser del pintor holandés. La delicadeza de lo escaso hace que este pintor enigmático oriente mis deseos.

Tuve ocasión de ver algunos de sus cuadros en una exposición que realizó The National Galery de Londres en el verano de 2007. Reunió una magnífica colección de pintores retratistas holandeses. Y ahí estaba, silencioso y reducido, Vermmer. Siempre como la gota de excelencia, casi excéntrica por su modernidad intemporal, frente a la obra de maestros como Rembrandt y Fran Hals.

Como los sueños se pueden dirigir cuando uno tiene el empeño de vivir dos veces cada día, he conversado con Elizabeth en distintos escenarios. En el MOMA de Nueva York, en el verano de 2009, con motivo de la exposición de “La lechera” y otros cinco cuadros de Vermeer que están alojados permanentemente en The Metropolitan Museum of Art.

Elizabeth todavía es huidiza conmigo. Hace poco me sonrió en Cambridge, mientras observaba yo con placer los tres cuadros de su padre, y eso me llenó de satisfacción: por primera vez traspasó con su mirada el umbral de la cortesía y se acercó a una demostración sutil de cariño.

Como los sueños se pueden dirigir cuando uno tiene el empeño de vivir dos veces cada día, he conversado con Elizabeth en distintos escenarios. En el MOMA de Nueva York, en el verano de 2009, con motivo de la exposición de “La lechera” y otros cinco cuadros de Vermeer que están alojados permanentemente en The Metropolitan Museum of Art.

Voy a volver a Cambridge antes de que las obras de Johannes Vermeer vuelvan a su casa, al Louvre. Iré temprano y me apostaré en un punto equidistante de los tres oleos: “La Hilandera”, “Mujer joven sentada en un virginal” y “Lección de música”.

Sé que Elizabeth estará allí; aparecerá en algún momento del día, confundida entre los visitantes, abrigada con un moderno abrigo largo de Cashemire. y siempre con el turbante o pañuelo en el pelo. Es como aparece en la obra de su padre. Y tiene la misma mirada que en el cuadro. Lo he hablado muchas veces con mi psicoanalista: nunca me ha dicho que deje de seguirla; es más, él cree que Elizabeth y yo podemos llegar a entendernos.

Un comentario sobre “Persiguiendo sigilosamente a la muchacha de la perla

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s